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CUENTOS CIENCIA-FICCIóN
CUENTO LABERINTOS (por Ursula K. Le Guin)
Nota; el prólogo es el que la autora efectuara para la compilación realizada por Josh Pachter, se incluye por ser extremadamente revelador respecto de la génesis del cuento.


“Laberintos” fue un cuento de taller. Durante mi semana como writerin-residence en uno de los memorables Clarion Wests, descubrí que mis veinte colegas-estudiantes eran todos eficientes, y algunos de ellos muy talentosos. Pero como grupo —por timidez quizás, o por falta de confianza en sí mismos— tendían a una evasión de las emociones en sus cuentos. En general gente seria, pero se refugiaba en una especie de gracia superficial o cínica en su trabajo. Era como si tuvieran miedo de tomarse en serio a sí mismos especialmente en los casos en que los artistas —en particular los humoristas— deben tomarse en serio a sí mismos. Eso me molestaba, y descubrí que les daba temas cada vez más desesperados y lacerantes para que escribieran historias sobre ellos. El último que les di fue escribir una historia de “Primer contacto” en el que el ser humano o el extraterrestre morían. Algunos de ellos lograron hacer chistes incluso sobre ello, pero otros escribieron borradores verdaderamente intensos de la noche a la mañana. Yo también traté de aceptar mi propio desafío, y el resultado final fue “Laberintos”.

Hay muy pocas personas (según veo en las críticas de mi colección The Compass Rose, donde esta historia fue reproducida recientemente) que creen que la narradora de “Laberintos” es una rata de laboratorio.

Me gustaría tener la imaginación que tienen algunos críticos.








He hecho todo lo posible por usar mi ingenio y conservar mi coraje, pero ahora sé que no podré soportar más tiempo esta tortura. Mis percepciones del tiempo son confusas, pero creo que desde hace varios días me di cuenta de que ya no podría mantener mis emociones bajo un control estético, y ahora la crisis física es también casi total. No puedo realizar ninguno de los movimientos grandes. No puedo hablar. Respirar, en este pesado aire extraño, se hace más difícil. Cuando la parálisis llegue a mi pecho moriré: probablemente esta noche.

La crueldad del extraterrestre es refinada, pero irracional. Si todo el tiempo tuvo la intención de dejarme morir de hambre, ¿por qué no se limitó a retirarme la comida? En cambio, me la dio en cantidades, montañas de comida, todas las hojas de un cierto arbusto que yo podría desear. Sólo que no estaban frescas. Eran hojas recogidas del suelo; estaban muertas. El elemento que las hace digeribles para nosotros había desaparecido, y era lo mismo que comer piedrecillas. Sin embargo allí estaban, con todo el aroma y la forma del “greenbud”, irresistible para mi intenso apetito. No al principio, por supuesto. Me dije, no soy una niña, ¡comer cosas recogidas del suelo! Pero el estómago se impone a la mente. Después de un tiempo me pareció mejor masticar algo, cualquier cosa, que calmara el dolor y las ansias en las tripas. Y comí, comí, me moría de hambre. Ahora, es un alivio estar tan débil como para no poder comer.

La misma crueldad elaboradamente perversa distingue toda su conducta. Y lo peor de todo es lo que recibí con tanto alivio y deleite al principio: el laberinto. Al comienzo yo estaba muy desorientada, después de caer en una trampa, de ser manipulada por un gigante, de que me pusieran en una prisión; y este lugar alrededor de la prisión me desorienta, es especialmente inquietante. La extraña pared-cielo raso, lisa, curvada, está hecha de una sustancia extraña y sus líneas carecen de sentido para mí. De manera que cuando me tomaron y me pusieron aquí, en medio de toda esta extrañeza, en un laberinto, un laberinto reconocible, hasta familiar, tuve un momento de fuerza y esperanza después de una gran desesperación. Y parecía bastante claro que me habían puesto en el laberinto a manera de prueba o investigación, que intentaban una primera aproximación a la comunicación. Traté de colaborar en todas las formas. Pero no fue posible creer durante mucho tiempo que el objetivo del extraterrestre fuera la comunicación.

Es inteligente, muy inteligente, esto resulta claro por mil indicios. Los dos somos inteligentes, los dos somos constructores de laberintos: sin duda sería muy fácil aprender a hablar juntos… si eso fuera lo que quisiera el extraterrestre. Pero no lo es. No sé qué clase de laberintos construye para sí mismo, los que construyó para mí eran instrumentos de tortura.

Los laberintos, como dije, eran de tipos básicamente conocidos, aunque las paredes eran de ese material extraño más frío y más liso que la arcilla comprimida.

El extraterrestre dejó una pila de hojas secas en un extremo de cada laberinto, no sé por qué; tal vez era un rito o una superstición. El primer laberinto en el que me puso era breve y simple como para un bebé. Nada expresivo ni siquiera interesante podía elaborarse a partir de él. Pero el segundo era una especie de versión simple de la Afirmación sin Puertas, muy adecuado para la declaración estimulante y elevada que yo quería hacer. Y el último, el laberinto largo, con siete corredores y diecinueve conexiones, se prestaba sorprendentemente bien a la modalidad Maluvian, y por cierto a casi todas las técnicas del Nuevo Expresionismo. Había que hacer adaptaciones para la comprensión espacial extraterrestre, pero de las adaptaciones surgía precisamente una cierta cualidad de creatividad. Trabajé intensamente en el problema del laberinto, haciendo planes durante toda la noche, reimaginando las conexiones y los espacios, las falsas salidas y las pausas, el curso errático, poco conocido y sin embargo hermoso del Verdadero Camino. Al día siguiente cuando me colocaron en el laberinto largo y el extraterrestre comenzó a observarme, actué el Octavo Maluvian en su totalidad.

No era una actuación muy prolija. Yo estaba nerviosa, y los parámetros espaciotemporales sólo eran aproximados. Pero el Octavo Maluvian sobrevive a la peor actuación en el peor laberinto. Las evoluciones en la novena encatenación, donde el tema de la “nube” recurre tan extrañamente traspuesto en el antiguo motivo en espiral, son indescriptiblemente hermosas. Las he visto ejecutar por una persona vieja, tan vieja y con las articulaciones tan rígidas que apenas podía sugerir los movimientos, insinuarlos, hacer sombras de gestos, oscuros reflejos de los temas: y todos los que miraban se sintieron extrañamente emocionados. No hay afirmación más noble de nuestro ser.

Mientras actuaba, yo misma me sentí transportada por la potencia de los movimientos y olvidé que era una prisionera, olvidé que los ojos del extraterrestre me observaban; trascendí los errores del laberinto y mi propia debilidad, y bailé el Octavo Maluvian como nunca antes.

Cuando terminé, el extraterrestre me recogió y me colocó en el primer laberinto… el corto, el laberinto para niñitos que todavía no han aprendido a hablar.

¿La humillación era deliberada? Ahora que todo pertenece al pasado, veo que no hay forma de saberlo. Pero sigue siendo muy difícil atribuir su conducta a la ignorancia.

Al fin y al cabo, no es ciego. Tiene ojos, ojos reconocibles. Se parecen lo suficiente a nuestros ojos como para saber que debe ver como vemos nosotros. Tiene boca, cuatro patas, puede moverse en dos de ellas, tiene manos que agarran, etcétera, a pesar de todo su gigantismo y su aspecto extraño, parece menos diferente de nosotros, desde el punto de vista físico, que un pez. Y sin embargo, los peces se agrupan y danzan y, a su modo, aunque sea un modo estúpido… ¡se comunican!

El extraterrestre nunca intentó hablar conmigo. Ha estado conmigo, me ha observado, tocado, manipulado, durante días, pero todos sus movimientos han sido dirigidos hacia cierto objetivo, no comunicativo. Es, evidentemente, un ser solitario, totalmente absorto en sí mismo.

Esto sería suficiente para explicar su crueldad.

Desde el principio advertí que de vez en cuando movía su curiosa boca horizontal en una serie de gestos bastante delicados, repetitivos, parecidos a los de alguien que está comiendo. Al principio pensé que se burlaba de mí; luego me pregunté si me impulsaba a comer el alimento indigerible, luego me pregunté si se comunicaría labialmente. Parecía un lenguaje limitado y poco manejable para alguien tan bien provisto de manos, pies, miembros, columna vertebral flexible y todo lo demás; pero pensé que sería como la perversidad de ese ser. Estudié los movimientos de sus labios y me esforcé por imitarlos. No respondió. Me miró brevemente y luego se alejó.

En realidad, la única respuesta indudable que obtuve de él fue a un nivel penosamente bajo de la estética interpersonal. Me atormentaba haciéndome apretar botones, como lo hacía una vez por día. Había tolerado esa grotesca rutina con bastante paciencia durante los primeros días. Si apretaba un botón tenía una desagradable sensación en los pies, si apretaba un segundo botón tenía un desagradable trozo de comida reseca, y si apretaba un tercero no obtenía absolutamente nada. Obviamente, para demostrar mi inteligencia, tenía que apretar el tercer botón. Pero parece que mi inteligencia irritaba a mi carcelero, porque después del segundo día retiró el botón neutral. Yo no podía imaginar qué trataba de establecer o lograr, excepto el hecho de que yo era su prisionera y mucho más pequeña que él. Cuando trataba de dejar los botones, me obligaba físicamente a volver. Tenía que quedarme sentada allí apretando botones, recibiendo castigo de uno y burla de otro. La deliberada crueldad de la situación, el aire insoportablemente pesado y viciado, la sensación de ser siempre observada pero nunca comprendida, todo se combinaba para empujarme a un estado que me resulta imposible de describir. Lo más parecido que puedo sugerir es el último interludio del Sueño de las Diez Puertas, cuando todas las falsas salidas se cierran y la danza se estrecha hasta que finalmente estalla terriblemente en lo vertical. No puedo decir qué sentía, pero era algo así. Si una vez más recibía ese castigo en los pies, o aparecía una vez más un trozo de comida podrida, saldría verticalmente para siempre… arranqué los botones de la pared (salieron con un ruido sordo, como los capullos del tallo), los coloqué en el suelo, y defequé sobre ellos.

El extraterrestre me recogió en seguida y me devolvió a mi prisión. Había recibido el mensaje, y había actuado de acuerdo con él. Pero, ¡qué increíblemente primitivo había tenido que ser el mensaje! Y al día siguiente, me puso otra vez en la habitación de los botones, y había botones que parecían nuevos, y yo debía elegir alternativamente los botones para que él se divirtiera… hasta entonces me había dicho que ese ser no era terráqueo, y que por lo tanto era incomprensible e incapaz de comprender, que tal vez no era inteligente de la misma manera que nosotros, etcétera. Pero desde entonces supe que, aunque todo lo demás pudiera ser cierto, es también inconfundible y groseramente cruel. Ayer, cuando me dejó en el laberinto para bebés, no podía moverme. Casi había perdido el don de la palabra (por supuesto esto lo estoy danzando en mi mente; “El mejor laberinto es la mente”, como dice el viejo proverbio) y simplemente me quedé ahí, acurrucada, en silencio. Después de un rato volvió a sacarme con bastante suavidad. Ésa es la mayor perversidad de su conducta; nunca me ha tocado con crueldad.

Me colocó en la prisión, cerró la puerta con llave, y llenó el comedero con un alimento incomible. Luego se paró en dos patas, y me contempló un buen rato.

Su rostro es muy móvil, y tal vez habla con su rostro, pero no lo comprendo, ése también es un idioma extranjero. Y su cuerpo está cubierto de abultadas mantas que lo envuelven, como un viejo viudo que ha hecho el Voto del Silencio. Yo me había acostumbrado a su gran tamaño, al carácter angular de las posiciones de sus miembros, que al principio parecían pronunciar una constante corriente de frases incoherentes y mal pronunciadas, una horrible danza sin sentido como los movimientos de un imbécil, hasta que me di cuenta de que eran movimientos estrictamente intencionales. En ese momento veía algo un poco más atrás, en su posición.

No eran palabras, pero había comunicación. Veía, mientras él me miraba, una clara significación de furiosa tristeza… tan clara como la Estrofa Sembriana. Tenía la misma laxa inmovilidad, estaba encorvado, era una declaración de derrota. Nunca una palabra se expresó con mayor claridad, y sin embargo ese ser me decía que estaba lleno de resentimiento, piedad, impaciencia y frustración. Me decía que estaba harto de torturarme, y que quería ayudarme. Estoy segura de que lo comprendí. Traté de responder. Traté de decir “¿qué quieres de mí? Dime solamente qué es lo que quieres”. Pero estaba demasiado débil para hablar con claridad, y él no me entendía. Nunca me ha entendido. Y ahora tengo que morir, sin duda entrará a verme morir; pero no comprenderá la danza que yo baile al morir.

FIN

Originalmente publicado en Epoch, 1975. Editado por Roger Elwood y Robert Silverberg.


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