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CUENTOS ROMáNTICOS
CUENTO LOS ANTEOJOS (por Edgar Allan Poe)
Hace algunos años estuvo de moda ridiculizar lo que llamamos el flechazo en el terreno del amor; pero los que saben pensar, así como los que sienten profundamente, siempre han abogado por su existencia. En efecto, los modernos descubrimientos, en lo que puede llamarse magnetismo, o estática magnética, nos ofrecen la comprobación de que los más naturales y, en consecuencia, más verdaderos e intensos afectos humanos, son los que brotan del corazón como por simpatía eléctrica. En otras palabras, que las más alegres y llevaderas cadenas sentimentales son las que se remachan con una mirada. La confesión que me dispongo a hacer, añadirá uno más a los innumerables ejemplos de esta verdad.

El carácter de mi relato me obliga a ser bastante minucioso. Soy todavía muy joven; aún no he cumplido los veintidós años. Mi apellido, hoy día, es corriente, casi plebeyo: Simpson. Y digo "hoy día", porque sólo últimamente he comenzado a llamarme así. El motivo fue heredar un importante legado que me dejó un pariente lejano llamado Adolphus Simpson. La condición para recibir dicha herencia fue que adoptara legalmente el nombre del testador; el nombre de familia, no el de pila. Mi nombre de pila es Napoleón Bonaparte. Más exactamente, estos son mis nombres de pila primero y segundo.

Acepté el apellido Simpson con cierta repugnancia, porque el mío, el verdadero, Froissart, tiene razones para un perdonable orgullo, pensando en fundar mi descendencia desde el inmortal autor de las "Crónicas". Además, y dicho sea de paso, a propósito de apellidos puedo mencionar coincidencias muy singulares en los nombres de mis predecesores inmediatos.

Mi padre era monsieur Froissart, de París. Su esposa, mi madre, con quien se casó cuando ella tenía quince años, era una señorita Croissart, hija mayor del banquero Croissart, cuya mujer, que sólo contaba con dieciséis años al casarse, era hija de Víctor Moissart. Monsieur Moissart, casualidad rara, contrajo matrimonio con una señorita del mismo apellido, mademoiselle Moissart. Ella, también era una chiquilla cuando se casó y asimismo su madre, madame Moissart, que no tenía más de catorce años cuando fue conducida al altar.

Estos matrimonios tempranos son corrientes en Francia. Tenemos, por lo tanto, en línea de descendencia directa: Moissart, Voissart, Croissart y Froissart. El último, mi propio apellido, aunque como ya he explicado, por disposición legal, se ha convertido en Simpson.

En cuanto a mis atributos personales, no me faltan. Al contrario, pienso que tengo buena figura, y poseo lo que el noventa por ciento de la gente llama un rostro atractivo. Soy alto, mi cabello es negro y rizado, y mi nariz es regular. Mis ojos son grandes y pardos y, aunque en realidad mi vista es débil, nadie sospecharía el menor defecto en mi mirada. Esta debilidad, sin embargo, siempre me ha molestado mucho, y he acudido a todos los remedios posibles para suprimirla, salvo usar lentes. Por ser un joven de agradable presencia, naturalmente me desagradan, y me he negado siempre a usarlos.

No conozco nada que desfigure tanto un semblante, e imprima en todas las facciones un aspecto de gazmoñería, o de santurronería y envejecimiento, como el que dan las gafas. También otorgan un aire de exagerada suficiencia y afectación, de modo que he procurado la forma de arreglármelas siempre sin ellas. Quizás sean excesivos estos caprichos, puramente personales, sin mayor importancia. Bastará con añadir que mi temperamento es arrebatado, ardiente, entusiasta, y que toda mi vida he sido un devoto admirador de las mujeres.

Una noche del pasado invierno, entré en un palco del teatro, acompañado de un amigo, el señor Talbot. Era noche de ópera, y se anunciaba una atracción muy notable, así es que el teatro estaba muy concurrido. Llegamos a tiempo para ocupar los asientos de primera fila que nos habían reservado, aunque para sentarnos en ellos tuvimos que abrirnos paso a codazos.

Durante un par de horas, mi amigo, que era un auténtico melómano, fijó toda su atención exclusivamente en el escenario, en tanto que yo me distraje observando al auditorio, compuesto por la flor y nata de la ciudad.

Tras satisfacerme en este punto, iba a volver mis ojos hacia la prima donna, cuando vi una figura que había escapado a mi atención.

Aunque viva mil años, jamás podré olvidar la intensa emoción con que miré a esa persona. Era la mujer más exquisita que había contemplado. Tenía vuelto el rostro hacia el escenario, en tal forma que durante unos minutos no pude ver nada de él; pero toda su estampa era divina; no hay palabras para expresar sus magníficas proporciones, y aun este vocablo me parece ridículamente débil cuando lo escribo.

La magia de las bellas formas en las mujeres, el embrujo del encanto femenino, ha sido siempre para mí una fuerza a la que no he podido resistir. Pero en aquella mujer se encarnaba la gracia más pura. Era el bello ideal de mis delirantes fantasías.

Aquella silueta, que en su mayor parte podía ver gracias a la construcción del palco, era de estatura algo superior a la común, y casi llegaba a lo majestuoso. La cabeza, de la cual sólo era visible la parte posterior, rivalizaba en contorno con la de la griega Psiquis, y estaba casi al descubierto, aun cuando llevaba un elegante sombrero liviano, que me hizo evocar la tela etérea de Apuleyo.

El brazo derecho se apoyaba en la balaustrada del palco y hacía estremecer todos los nervios de mi cuerpo con su exquisita simetría. Su parte superior estaba cubierta con una de esas mangas abiertas y sueltas, hoy tan en boga, que apena le llegaba al codo. Debajo llevaba otra tela sutil, muy ceñida, terminada en un puño de rico encaje que le caía graciosamente sobre la mano; esa mano de la que quedaban al descubierto únicamente los delicados dedos, en uno de los cuales brillaba una sortija de diamantes de extraordinario valor. La admirable redondez de su muñeca quedaba realzada por un brazalete también adornado y cerrado por un magnífico broche de piedras preciosas, que me hablaban, a la vez, de la riqueza y el buen gusto de quien las llevaba.

Media hora por lo menos estuve contemplando aquella regia aparición y durante aquel tiempo sentí toda la fuerza de lo que se ha contado con respecto al flechazo en el terreno del amor.

Mis sentimientos eran enteramente diferentes a todo cuanto había experimentado hasta entonces. Era algo inexplicable, que me veo obligado a considerar como magnética simpatía de alma a alma; algo que parecía encadenar no sólo mi vista, sino también mis facultades de pensar y sentir.

Advertí, sentí, y supe, que estaba profundamente enamorado, irrevocablemente enamorado, y ello, aún antes de ver el rostro de la mujer amada. Tan intensa era, en efecto, la pasión que ya me consumía, que tuve la certeza de que mermaría muy poco, si esto era posible, si las facciones de su rostro no me mostraran más que unos rasgos vulgares. De tal modo es anómala esta naturaleza del amor por flechazo, y tan poco depende de las condiciones exteriores que parecen gobernarlo y crearlo.

Mientras me hallaba absorto en la contemplación de esa visión hechicera, cierto alboroto entre el público la hizo volver levemente la cabeza, de modo que pude ver todo el perfil. Su belleza excedía a todo cuanto yo había supuesto, pero algo me desconcertó, sin que pudiera explicarme exactamente qué era.

Mis sentimientos mostraron menos arrobamiento, pero más profundo entusiasmo. Aquel estado de ánimo lo originaba, quizás, el aire de madonna del rostro. Sin embargo, al pensarlo más, comprendí que no era sólo este detalle. Existía algo más; un misterio que yo no podía descubrir, y que aumentaba mi interés. En realidad me hallaba en ese estado del alma que predispone a un hombre joven y enamoradizo a cometer cualquier extravagancia. Si esa dama hubiera estado sola, yo habría entrado en su palco, y le hubiese declarado mi amor, arriesgándome a cuanto pudiera suceder. Afortunadamente la acompañaban un caballero y una mujer de notable hermosura, quien, según parecía, era unos años más joven que ella.

Hilvanaba mil planes para ser presentado a la mayor de las dos damas, y, por el momento, ver su belleza con más claridad. Hubiera querido cambiar mi localidad por otra más cercana a ella, pero esto era imposible porque el teatro estaba abarrotado. Además, las severas exigencias de la moda habían prohibido el uso de gemelos en el teatro; lo prohibían terminantemente. Por fin, se me ocurrió hablarle a mi amigo.

—Talbot, usted tiene gemelos de teatro —le dije—. Préstemelos.

—¿Gemelos de teatro? ¡No! —exclamó, alarmado—. ¿Qué supone que pueda hacer yo con unos gemelos de teatro?

Y acto seguido se volvió impaciente para mirar hacia el escenario.

—Talbot —insistí yo, apoyando una mano en su hombro—. ¿Quiere escucharme? ¿Ve usted ese palco de proscenio'? ¡No, el de la derecha! ¿Ha visto en su vida una mujer más hermosa?

—Efectivamente, es muy hermosa —contestó él.

— ¿Quién será'?

—¡En el nombre del cielo! ¿Es que no sabe quién es? No conocerla demuestra que tampoco usted es persona conocida. Se trata de la célebre madame Lalande, la belleza del día por excelencia, y tema principal de todas las conversaciones en la ciudad. Es viuda, e inmensamente rica... Un buen partido. Acaba de llegar de París.

— ¿Usted la conoce?

—Sí, me cabe ese honor.

—¿Puede presentármela?

—Desde luego. Para mí será un placer. ¿Cuándo quiere que se la presente'?

—Mañana a la una me reuniré con usted en la calle B...

—Muy bien. Y ahora hágame el favor de callarse, si es posible.

Me vi obligado a obedecer a Talbot, porque él se mostró totalmente sordo a una nueva pregunta, y durante el resto de la velada atendió exclusivamente a lo que estaba sucediendo en el escenario.

Mientras tanto, yo tenía mis ojos clavados en madame Lalande, y al fin tuve la suerte de verla de frente. Su rostro era exquisitamente bello; esto ya me lo había dictado mi corazón. No obstante, una vez más experimenté esa sensación que me desconcertaba. Finalmente deduje que todos mis sentidos estaban impresionados por un aire de gravedad, tristeza, o más bien de lasitud, que empañaban la frescura de su semblante, aunque sólo para dotarlo de seráfica ternura y majestad. Esto, naturalmente, se duplicaba por mi temperamento romántico.

Mientras así recreaba mi vista, noté con gran emoción, y por imperceptible gesto de la dama, que de pronto había advertido la intensidad de mis miradas. Una vez más, quedé totalmente fascinado, y no pude apartar de ella los ojos ni un instante. Se volvió levemente, y de nuevo no vi más que el cincelado contorno de la parte posterior de su cabeza. Pasados unos minutos, como si se sintiera impulsada por la curiosidad de comprobar si yo todavía la estaba observando, lentamente fue girando el rostro, y otra vez se tropezó con mi ardiente mirada. Bajó instantáneamente sus grandes ojos negros, y un intenso rubor cubrió sus mejillas. Pero lo que me llenó de asombro y perplejidad fue ver que no volvió únicamente la cabeza, sino que tomó de su cintura unos pequeños gemelos, los alzó, ajustó... y luego me observó con ellos, atenta y deliberadamente, por espacio de unos minutos.

Si un rayo hubiera caído a mis pies, no me habría quedado tan aturdido; sólo aturdido, no ofendido ni disgustado, en absoluto, por más que acción tan atrevida, en otra mujer, probablemente me habría molestado. Pero ella lo hizo todo con tanta calma, con tanta naturalidad, con tan evidente gesto de perfecta educación, que no se la podía acusar de ningún descaro, y mis únicos sentimientos fueron de admiración.

Apenas comenzó a mirarme con los gemelos, pareció satisfecha con su examen de mi persona, y ya los retiraba de sus ojos, cuando, como si lo hubiese pensado dos veces, volvió a enfocarme, observándome con más atención, quizás por espacio de cinco minutos.

Aquella acción tan extraordinaria, ejecutada en un teatro americano, llamó la atención de todo el mundo, y se produjo cierto revuelo y cuchicheos entre el público, que durante unos instantes me llenaron de confusión. En cambio no produjeron ningún efecto visible en el semblante de madame Lalande.

Tras satisfacer su curiosidad, bajó los gemelos y miró tranquilamente hacia el escenario. Ya no veía más que su perfil, igual que antes. Seguí contemplándola ininterrumpidamente, aun cuando me daba perfecta cuenta de mi falta de cortesía. Entonces noté que su cabeza, muy lentamente, cambiaba de posición, y pronto llegué a convencerme de que la dama, que fingía mirar hacia el escenario, continuaba escrutándome atentamente. Supongo que no necesito explicar el efecto que aquel proceder causó en mi exaltado ánimo.

Después de haberme examinado de aquel modo, quizás durante un cuarto de hora, el bello objeto de mi pasión se dirigió al caballero que se hallaba a su lado, y mientras hablaba con él, me percaté claramente, por las miradas de ambos, de que se referían a mí. Al término de la breve conversación, madame Lalande giró nuevamente hacia el escenario, y pasaron unos minutos en que pareció muy interesada en la representación. Sin embargo, luego de unos momentos, mi emoción aumentó terriblemente, al verla ajustar una vez más los anteojos que pendían de su cintura, mirarme cara a cara, como había hecho antes, y sin hacer caso de los murmullos de la gente, inspeccionarme de arriba a abajo, con la maravillosa compostura que ya había deleitado y turbado mi alma.

Aquella actitud me sumió en un intenso delirio de amor, y sirvió más para enardecerme que para desconcertarme. En la loca intensidad de mi pasión, lo olvidé todo, menos la presencia de la majestuosa belleza que tenía ante mí. Esperé la oportunidad, y cuando me pareció que el público estaba completamente distraído por la representación, atraje la mirada de madame Lalande, y le dirigí un ligero pero inequívoco saludo.

Ella se ruborizó, miró hacia otro lado, y después, lenta y cautelosamente, observó en torno a sí, para comprobar si mi temerario gesto había sido notado, y a continuación se inclinó hacia el caballero que estaba junto ella.

Entonces me di perfecta cuenta de la incorrección que acababa de cometer, y no esperé nada menos que pidiera una inmediata explicación, a la vez que, por mi cerebro, pasaba rápidamente la visión de unas pistolas a la mañana siguiente.

Sin embargo, a continuación me sentí muy aliviado, al ver que la dama le entregaba al caballero el programa de la función, sin decirle una sola palabra. Y ahora, procure el lector formarse una idea de mi asombro, de mi fantástico asombro, de mi delirante arrebato del alma, cuando luego de mirar furtivamente en rededor, dejó ella que sus ojos resplandecientes se posaran en los míos, y con una sonrisa que descubría las blancas perlas de sus dientes, hizo dos claros aunque leves movimientos afirmativos con la cabeza.

No vale la pena que insista acerca de mi dicha, de mi arrobamiento. Si alguna vez enloqueció un hombre por exceso de felicidad, ese hombre fui yo en aquellos momentos. Amaba. Era mi "primer amor"..., un amor supremo, indescriptible. Era un amor por flechazo, y por flechazo también era apreciado y correspondido.

¡Sí, correspondido! ¿Cómo iba a dudarlo ni un solo instante? ¿Qué otra interpretación podía dar a aquel proceder por parte de una mujer tan bella, rica, refinada, con educación superior, con tan elevada posición social, tan respetable en todo sentido, como era madame Lalande? Sí, ella me amaba, correspondía al impulso de mi amor con otro impulso tan ciego, tan firme, tan desinteresado, y tan incondicional como el mío. Estas deliciosas fantasías quedaron interrumpidas por la caída del telón. El público se puso de pie y acto seguido se produjo el habitual bullicio.

Dejé precipitadamente a Talbot, y empleé todos mis esfuerzos para abrirme paso y colocarme lo más cerca posible de madame Lalande. No habiendo podido lograrlo a causa de la muchedumbre, tuve que renunciar a mi persecución, y dirigí los pasos hacia mi casa. Consolé mi decisión, con el pensamiento de que a la mañana siguiente sería presentado a ella en debida forma, gracias a los buenos oficios de mi amigo Talbot.

Finalmente amaneció, tras una larga noche de impaciencia. Y entonces las horas, hasta la una, fueron pasando con lentitud desesperante. Cuando no se extinguía el eco del reloj anunciando la una, corrí hacia la calle B... y pregunté por Talbot.

—No está —me respondió el lacayo a su servicio.

—¿Cómo que no está? —interrogué sorprendido—. Permítame que le diga, amigo mío, que eso es completamente imposible y absurdo. El señor Talbot no puede haber salido. ¿Por qué dice usted eso?

—Sólo porque no está en casa. Inmediatamente después de almorzar, tomó el coche para ir a S... Avisó que no regresaría hasta dentro de una semana.

Me quedé petrificado por el estupor y la ira. Finalmente di media vuelta, lívido de cólera, e interiormente mandando al infierno a toda la estirpe de los Talbot. Era evidente que mi amigo había olvidado nuestra cita apenas la habíamos concertado. Nunca cumplía con su palabra muy escrupulosamente, y no existía forma para corregirlo. Reconociendo esto, calmé mi indignación tanto como me fue posible, y vagué por las calles, malhumorado, haciendo preguntas inútiles sobre madame Lalande, a los conocidos que encontraba.

Comprobé que todos la conocían de oídas, muchos de vista, pero como hacia escasas semanas que se hallaba en la ciudad, eran pocos los que afirmaban tratarla personalmente. Éstos, eran aún relativamente extraños para ella, y no podían, o no querían, tomarse la libertad de presentarme con las formalidades que requería semejante visita. Mientras yo me desesperaba conversando con un trío de amigos sobre la causa de mi tormento, ocurrió que la persona de quién hablábamos pasó muy cerca de nosotros.

—¡Por mi vida, ésa es! —exclamó uno de mis amigos.

—¡Maravillosamente bella! — expresó otro.

—¡Como un ángel! —afirmó el tercero.

—Miré y en el carruaje que avanzaba hacia nosotros lentamente, calle abajo iba sentada la deslumbrante dama de la ópera, acompañada por la señorita que estaba con ella en el palco.

—La que va a su lado también es elegantísima — comentó el primero de mis amigos.

—Es asombrosa. Su aspecto aún es magnífico, pero no olvidemos que el arte obra maravillas. Parece más atractiva que hace cinco años, cuando la vi en París. ¿No le parece a usted, Simpson?

—¿Todavía? —pregunté asombrado—. ¿Y por qué no habría de serlo? Comparada con su amiga, parece una lámpara de aceite junto a una estrella de la tarde, una mariposa de luz comparada con Antares.

Uno de ellos rió a carcajadas, y luego dijo:

—Simpson, tiene usted el maravilloso don de hacer descubrimientos... y, por cierto, muy originales.

A continuación nos separamos, en tanto que otro principió a canturrear una alegre canción de vodevil, de la cual sólo capté estos versos:

¡Ninon, Ninon, Ninon, á bas!

¡À bas Ninon de L'Enclos!

Durante aquella escena, hubo algo que me reconfortó, aunque avivó aún más la pasión que me consumía. Al pasar el coche de madame Lalande junto a nuestro grupo, noté que ella me había reconocido, no sólo esto, sino que me favoreció con la más exquisita de todas las sonrisas imaginables.

En cuanto a ser presentado a ella, tuve que abandonar toda esperanza; al menos durante el tiempo en que a Talbot se le ocurriera permanecer en el campo.

Comencé a frecuentar asiduamente los lugares famosos de diversión pública, y, por fin, en el teatro donde la había visto por primera vez, tuve la suerte de hallarla, e intercambiar nuevamente mis miradas con las suyas. Pero esto ocurrió al cabo de dos semanas. Entre tanto, diariamente preguntaba por Talbot, en su hotel, y recibía el eterno "todavía no ha regresado" de su lacayo; sentía que volvía a invadirme la indignación.

En aquella velada, por lo tanto, me encontraba próximo a la locura. Me habían dicho que madame Lalande era parisiense, y había llegado recientemente de París. ¿Regresaría a Francia antes que Talbot volviera del campo? ¿No la perdería entonces para siempre? Esa idea, que no podía soportar, fue la que me impulsó a actuar con viril decisión. Apenas terminó la representación teatral, seguí a la dama hasta su casa, anoté la dirección, y, a la mañana siguiente, le envié una larga y meditada carta, en la que volqué todo mi corazón.

Me expresaba de ella audazmente, con pasión y libertad. No le oculté nada, ninguna de mis flaquezas; aludí a las románticas circunstancias de nuestro primer encuentro, y hasta a las miradas que se cruzaron entre nosotros. Me atrevía a decirle que estaba seguro de su amor, y al mismo tiempo le ofrecía esa seguridad, y la intensidad de mi afecto, como disculpa a mi imperdonable proceder. Como tercera excusa, le hablé de mi temor a que pudiera abandonar la ciudad antes de que yo consiguiera la oportunidad para una presentación formal. Y concluí la más vehemente epístola de amor jamás escrita, con una franca descripción de mi posición social, de mis bienes, y mi proposición matrimonial.

Con angustiosa espera aguardé la respuesta. Y después de lo que me pareció el transcurso de un siglo, llegó por fin.

Sí, "realmente" llegó. Recibí, en efecto, una carta de madame Lalande; la hermosa, la idolatrada madame Lalande. Como buena francesa, había obedecido a los sinceros dictados de su razón, a los generosos impulsos de su naturaleza, despreciando las afectadas gazmoñerías del mundo. No había desdeñado mis proposiciones; no se había encerrado en el silencio; no me había devuelto mi carta sin abrirla. Por el contrario, me enviaba una respuesta escrita con sus propias manos, en la que decía lo siguiente:

"El señor Simpson me perdonará que no escriha correctamente la hermosa lengua de su país, o al menos que no lo haga tan bien como en la mía. Hace muy poco tiempo que vine aquí, y no he tenido oportunidad de estudiarla. Sea ésta mi excusa a la forma en que le digo esto, caballero: ¡Ay de mí! El señor Simpson ha adivinado sobradamente toda la verdad. ¿Cabe agregar algo? ¿No he dicho ya más de lo que debiera decir?

Eugenia Lalande."

Besé un millón de veces aquella nota, y cometí por su causa otras mil extravagancias que ya han huido de mi memoria. ¡Pero Talbot no regresaba! Si hubiera podido formarse la más vaga idea del padecimiento que su ausencia me producía ¿no habría corrido de inmediato a mi lado para consolarme? Le escribí y me contestó. Le retenían urgentes negocios, y estaría pronto de vuelta. Me rogaba que no fuera impaciente y que moderase mis impulsos, que leyera libros de tema calmante, que no abusara de las bebidas alcohólicas... ¡y que llamara en mi ayuda al consejo de la filosofía! ¡Necio! Ya que él no podía venir ¿por qué no me enviaba una carta de presentación? Volví a escribirle, implorándole que me la mandara cuanto antes. Esta última misiva me la devolvió el lacayo, con las siguientes palabras escritas al dorso del sobre: el muy bribón se había ido al campo con su amo.
"Salió de S... ayer; con dirección desconocida. No dijo a dónde iba ni cuando volvería. He reconocido su letra, y como usted siempre tiene prisa, me ha parecido mejor devolverle su carta. Sinceramente suyo, Stubbs."

Después de esto, no será necesario decir que deseé los peores castigos para amo y criado, aunque de poco me servía la indignación, y quejarme no era un consuelo. No obstante me quedaba un recurso: mi natural audacia. Hasta entonces me había servido mucho, y decidí ponerla en juego. Además, después de la correspondencia intercambiada entre madame Lalande y yo ¿qué falta de corrección podía cometer, dentro de ciertos límites, que ella pudiera juzgar improcedente?

Desde que recibí su carta, había adquirido el hábito de rondar su vecindad, y así descubrí que a la hora del crepúsculo solía dar un paseo, acompañada únicamente por un negro de librea, por una plaza pública. Allí, entre las frondosas y casi oscuras alamedas, bajo la pálida luz de un suave atardecer de verano, me acerqué a ellos.

Para desorientar al sirviente, lo hice con toda la naturalidad de un antiguo conocido. Ella, con la presencia de ánimo de una auténtica parisiense, comprendió de inmediato mi treta, y para saludarme me ofreció la mano más adorablemente pequeña que sea posible imaginar. El criado quedó atrás en seguida, y entonces, con el corazón rebosante de alegría, pudimos conversar extensamente y sin reservas sobre nuestro amor.

Debido a que madame Lalande hablaba inglés con menor facilidad que como lo escribía, preferimos hablar en francés. En aquella dulce lengua, tan adecuada para expresar la pasión amorosa, di rienda suelta al impetuoso entusiasmo de mi naturaleza, y, con toda la elocuencia de que pude disponer, le rogué que consintiera en nuestro inmediato matrimonio.

Al darse cuenta de mi impaciencia, ella sonrió. Puso como pretexto el decoro social. Yo había cometido la gran imprudencia de haber hecho público, entre mis amigos, el deseo de relacionarme con ella, lo cual significaba que aún no la conocía, y no habría manera de ocultar la fecha en que se iniciaban nuestras relaciones. Luego, me hizo notar, sonrojándose, lo demasiado reciente de esa fecha. Casarnos en seguida sería impropio, sería "outré" (ultrajante). Todo esto lo explicaba con un aire de "naiveté" (ingenuidad) que me arrebataba, y al mismo tiempo me apenaba y me convencía.

Llegó a acusarme, riendo, de precipitación y de imprudencia. También me hizo notar que, en realidad, yo no sabía quién era ella, ni su familia, ni su posición en la sociedad. Me rogó que lo meditara, y calificó mi amor de apasionamiento, de fuego fatuo, de obra inestable más de la fantasía que del corazón, de capricho momentáneo. Todo aquello lo decía mientras las sombras del atardecer caían más y más a nuestro alrededor, y luego, con un suave apretón de su mano, derribaba en un dulce instante el edificio de argumentos que ella misma había levantado.

Le respondí insistiendo en la adoración profunda y la admiración que me inspiraba. Para terminar, me extendí con enérgica convicción en los peligros que acechaban el cauce del amor verdadero, que se desliza sin dificultades, y de aquí deduje el manifiesto riesgo de prolongar innecesariamente la situación en que nos encontrábamos.

Este último argumento pareció, al fin, suavizar el rigor de su determinación. Pero todavía quedaba un obstáculo, que estaba segura de que yo no había tomado debidamente en cuenta.

Se trataba de un punto delicado, y al mencionarlo tenía que sacrificar sus sentimientos, aunque por mí, ella no repararía en ninguna clase de sacrificios. Aludía a la cuestión de la edad. ¿Yo me daba cuenta? ¿Había advertido claramente la diferencia que existía entre nosotros? El hecho de que la edad del marido excediera en varios años a la edad de la mujer, era considerado por todo el mundo como admisible, e incluso conveniente. Pero ella siempre había mantenido la creencia de que los años de la esposa nunca deben exceder a los del marido. ¡Una diferencia de esa clase, frecuentemente, por desdicha, originaba una vida de infelicidad. Eugenia entendía que mi edad no pasaba de los veintidós años, en cambio yo, por el contrario, parecía ignorar que los años de ella sobrepasaban muchísimo ese número!

En todo aquello, mi amada mostraba una nobleza de alma, una digna sinceridad que me deleitaba, y me encadenaba a ella para siempre.

—Mi amadísima Eugenia —dije— ¿qué importancia tiene lo que estás diciendo? Tus años son algo más que los míos. ¿Pero qué importa esto? Las costumbres del mundo no son sino necedades convenidas. Para los que se aman como nosotros ¿en qué puede diferenciarse una hora de un año? Yo tengo veintidós, de acuerdo; en realidad, ya casi tengo veintitrés. En cuanto a ti, no tendrás más de... de...

Al llegar a aquel punto me detuve, esperando que Eugenia me interrumpiera, comunicándome su edad. Pero una francesa raramente habla en forma inequívoca en tales ocasiones, y siempre dispone de alguna hábil escapatoria verbal. En nuestro caso, durante unos momentos pareció buscar algo que decir, y finalmente dejó caer sobre la hierba una miniatura que yo recogí.

—Guárdala —ordenó ella, con una de sus más fascinantes sonrisas—. Guárdala como recuerdo mío de este momento, como recuerdo de la que está ahí retratada y demasiado favorecida. En el dorso podrás descubrir la información de lo que parece interesarte. Ahora se está haciendo de noche, pero mañana podrás examinarla con calma. Mis amigos preparan a estas horas una reunión musical, y también te prometo la asistencia de un buen cantante. Nosotros los franceses no somos tan remilgados como los norteamericanos para estas cosas, y por lo tanto no tendré dificultad en presentarte, en esta reunión, como un antiguo conocido.

Diciendo esto, se cogió de mi brazo, y la acompañé hasta su casa. La residencia era hermosísima, amueblada con muy buen gusto. Sin embargo, no me siento autorizado para juzgar a fondo, ya que cuando llegamos era de noche, y en las casas norteamericanas, aun en las más elegantes, no se encienden las luces mientras dura el calor del verano, pasado el anochecer. Hasta cerca de una hora después de mi llegada, hubo sólo un quinqué con pantalla en el salón principal, y, según logré apreciar con esta iluminación, ostentaba un gran refinamiento y esplendor. Las salas contiguas, donde la concurrencia se reunía preferentemente, permanecieron toda la velada en agradable penumbra.

Madame Lalande no había exagerado el talento musical de su amigos, y el canto que allí pude escuchar fue superior a cuanto se oía fuera de Viena. Los intérpretes de las partituras con instrumentos eran varios, de gran talento. Las cantantes, exclusivamente mujeres, resultaron excelentes.

Finalmente, al cabo de pedírselo encarecidamente, madame Lalande se puso de pie. Decidida, sin afectación, abandonó la "chaise longue" (el sillón) donde se hallaba sentada a mi lado, y acompañada por dos caballeros y su amiga de la ópera se dirigió al salón donde se ubicaba el piano. Yo quería acompañarla, pero comprendí que, debido a las circunstancias, lo mejor era quedarme inadvertido donde me hallaba. Así, me vi privado del placer de verla, ya que no de oírla cantar.

La impresión que causó en la concurrencia tuvo algo mágico. Pero el efecto que a mí me produjo fue aún más intenso. Sin duda dependía, en parte, del sentimiento de amor que me invadía, y de mi convicción sobre la extremada sensibilidad de la cantante, porque no es posible que arte alguno pueda comunicar a un aria o a un recitado expresividad más apasionada que la de ella. Sus notas bajas eran maravillosas. Su voz abarcaba tres octavas que se extendían desde el "re" contralto hasta el "re" sobreagudo, subiendo y bajando en escalas, cadencias y "fioritures". En el final de "La Sonámbula" produjo un efecto notable al cantar: "¡Ah, non giunge uman pensiero, al contento ond 'io son pena."

Al levantarse del piano, después de aquellos milagros de ejecución vocal, ocupó nuevamente su lugar a mi lado. Le expresé el más hondo deleite que había experimentado ante su ejecución. Pero de mi asombro nada dije, aun cuando estaba atónito; lo estaba, porque cierta nota de debilidad o, más bien, una trémula inflexión que surgía en su voz al conversar, jamás me habrían autorizado a sospechar que podría atacar con éxito esas partituras.

Nuestra conversación fue larga vehemente, interrumpida, y sincera. Me pidió que le relatara algunos episodios tempranos de mi vida, y escuchó atenta, casi conteniendo la respiración, todas las palabras de lo que le narré. No oculté nada, porque entendía que no tenía derecho a ocultar nada a su confiado afecto.

Alentado por su franqueza en el delicado asunto de la edad, me extendí en los pormenores de mis defectos, e hice plena confesión de mis flaquezas morales y físicas. Hablé de mis imprudencias en los días de colegio, mis extravagancias, mis juergas, mis deudas, y mis amoríos. Tampoco dejé de mencionar la tos que en cierta época me había molestado, el reumatismo crónico hereditario, y, para concluir, la desagradable y odiosa, aunque cuidadosamente ocultada, flaqueza de mi vista.

—Sobre este último punto —sostuvo Eugenia, sonriendo—, has cometido una verdadera indiscreción al confesarlo. Habría jurado que nadie podía acusarte de ese defecto.

Se detuvo, y, a pesar de las penumbras, creí que sus mejillas subían de color. Luego añadió:

—¿No recuerdas, "mon cher ami", estos pequeños anteojos auxiliares que ahora cuelgan de mi cuello?

Al decir esto, jugueteaba con los gemelos que me habían producido tanta confusión en la ópera.

—Naturalmente que me acuerdo... — exclamé, oprimiendo la delicada mano que ofrecía aquellos anteojos para mi examen.

Eran una complicada joya, afiligranada y cuajada de piedras preciosas, que, aún bajo la escasa luz de la estancia, noté que debía ser de mucho valor.

—"¡Eh, bien, mon ami!" —continuó diciendo, con cierto apresuramiento que no dejó de sorprenderme—. "¡Eh, bien, mon ami!" Me has pedido un favor que has calificado de inapreciable; me has pedido mi mano, para mañana, sin más tardanza. ¿Podría yo pedirte un favor a cambio? ¿Un favor muy pequeño?

—¡Dímelo! —exclamé con vehemencia—. ¡Dímelo, amada mía, Eugenia mía! ¡Dímelo! Pero... ¿para qué? ¡Ya está concedido, antes de que lo expreses!

—Entonces, "mon ami", tienes que vencer, por amor a tu Eugenia, ese ligero defecto que acabas de confesar, esa debilidad más moral que física, que no calza con la nobleza de tu espíritu, que es incompatible con la sinceridad de tu carácter, y que si alcanzara mayor incremento, tarde o temprano podría causarte un serio disgusto. Por amor a mí, debes vencer esa afectación que te inclina a ocultar el defecto de tu vista. ¡Niegas virtualmente ese defecto al rechazar el empleo de los medios para corregirlo! Comprenderás que lo que te pido es que uses anteojos. ¡Y no me digas que no, porque ya has consentido en hacerlo, por mi amor! Acepta estos gemelos, aunque no tienen un valor extraordinario como joya, son un auxiliar admirable para la vista. Por medio de una ligera modificación, así..., o así, se pueden adaptar a los ojos, o llevarlos en el bolsillo del chaleco...

Debo confesar que aquella petición me turbó un poco. Pero la condición que se le unía hizo imposible toda vacilación.

—¡Concedido! —exclamé, con el mayor entusiasmo que pude reunir en aquel instante—. Concedido. Sacrificaré por ti todas mis objeciones. Ahora guardaré estos anteojos aquí, sobre mi corazón y con las primeras luces de la mañana, esa mañana que me dará el derecho a llamarte mi esposa, me los pondré sobre la nariz, y así los usaré, en la forma menos romántica, menos elegante, pero sin duda más útil, como tú lo deseas.

La conversación giró luego sobre nuestras disposiciones para el día siguiente. Supe, por mi amada, que Talbot acababa de regresar a la ciudad. Debía ir a visitarlo en seguida, y procurarme un carruaje. La "soirée" no terminaría antes de las dos de la mañana, y en aquella hora el vehículo tendría que hallarse ya en la puerta de la casa. Entonces, aprovechando el bullicio de la partida de los invitados, Eugenia podría entrar fácilmente en el coche sin que nadie lo notara. Inmediatamente nos iríamos a casa de un sacerdote que nos estaría esperando; allí nos casaríamos, nos despediríamos de Talbot, y acto seguido emprenderíamos un viaje al Este, dejando que el mundo elegante hiciera los comentarios que le viniera en gana.

Luego de planificar esto, me despedí, y fui en busca de Talbot. Pero en el camino no resistí a la tentación de examinar la miniatura, lo que hice con ayuda de los lentes. ¡El rostro era de una belleza extraordinaria! ¡Qué ojos tan radiantes..., qué altiva nariz griega..., qué abundantes y negros cabellos! ¡Ah!, dije para mí, lleno de pasión, ésta es en efecto la viva imagen de mi amada! Miré el reverso, y descubrí las palabras: "Eugenia Lalande, a la edad de veintisiete años y siete meses."

Encontré a Talbot en su domicilio, y rápidamente lo puse al tanto de mi buena suerte. Como era natural, Talbot manifestó asombro extraordinario, y me felicitó cordialmente, ofreciéndome toda la ayuda que pudiera prestarme. En una palabra: cumplimos todos nuestros preparativos al pie de la letra, y a las dos de la madrugada, diez minutos después de la ceremonia, me encontré en un coche cerrado con madame Lalande, valga decir, con la señora Simpson, dirigiéndonos velozmente hacia las afueras de la ciudad.

Habíamos decidido que efectuaríamos nuestra primera parada en C..., aldea que se hallaba a unas veinte millas de la ciudad. A las cuatro en punto, el coche se detuvo ante la puerta de la hospedería principal del pueblo, y ordené que nos sirvieran de inmediato un desayuno. Entre tanto, nos hicieron pasar a una salita privada.

Era ya casi de día, y al mirar, lleno de arrobamiento, al ángel que tenía a mi lado, se me ocurrió repentinamente la idea de que era aquella la primera ocasión, desde que conocía a Eugenia, en que podría disfrutar de una inspección a su belleza a plena luz.

—Y ahora, "mon ami" —dijo ella, tomándome una mano e interrumpiendo mis pensamientos—, ahora, puesto que he accedido a tus apasionadas súplicas, y cumplí mi parte en nuestro acuerdo, supongo que no habrás olvidado que tú también me debes una pequeña promesa. Recuerdo perfectamente las palabras que pronunciaste anoche: "Sacrifico por ti todas mis objeciones. Ahora guardaré estos anteojos aquí, sobre mi corazón, y con las primeras luces de la mañana, esa mañana que me dará el derecho a llamarte mi esposa, me los pondré sobre la nariz, y así los usaré, en la forma menos romántica, menos elegante, pero sin duda más útil, como tú lo deseas."

—Ésas fueron exactamente mis palabras —repliqué—. Tienes una excelente memoria, Eugenia mía, y te aseguro que no tengo la menor intención de faltar a la insignificante promesa que encierran.

Y tras disponer los cristales en forma de anteojos, los coloqué adecuadamente en su posición. Por su parte, la señora Simpson, se ajustó el sombrero, cruzó los brazos, y permaneció sentada en su sillón, adoptando una postura envarada y relamida.

—¡Cielo santo! —exclamé, en cuanto los lentes cabalgaron sobre mi nariz—. ¿Qué ocurre con estos anteojos...?

Quitándomelos rápidamente, los limpié afanosamente con un pañuelo de seda, y volví a ajustármelos. Pero si en el primer momento había ocurrido algo que me había llenado de sorpresa, en seguida esta sorpresa se convirtió en asombro; un asombro extremado, inmenso, escalofriante. En nombre de todas las cosas horribles de este mundo... ¿qué era aquello? ¿Podía dar crédito a lo que estaba viendo? ¿Era... "eso... colorete"? ¿Y ésas... "eran arrugas"? ¿Arrugas en el rostro de Eugenia Lalande? ¡Oh, por Júpiter! ¿Qué..., qué había pasado con sus dientes? Arrojé los anteojos al suelo, mudo de terror, mirando cara a cara a la señora Simpson con los brazos puestos en jarra riendo sarcásticamente.

—Bien, señor —dijo, después de observarme de pies a cabeza durante unos momentos—. ¿Qué le ocurre? ¿Le ha atacado el baile de San Vito? ¿O es que no le gusto?

—¡Miserable! —exclamé, conteniendo la respiración—. ¡Tú..., usted..., usted no es más que una vieja bruja!

—¿Vieja? ¿Bruja? No soy tan vieja al fin y al cabo, puesto que no he pasado un día de los ochenta y dos.

—¡Ochenta y dos años! —grité, tambaleándome y retrocediendo hasta la pared—. ¡Ochenta mil demonios! ¡La miniatura decía veintisiete años y siete meses!

—Sin duda alguna, eso es verdad. Pero ese retrato fue pintado hace más de cincuenta años. Cuando me casé con mi segundo esposo, monsieur Lalande, me hizo ese retrato la hija de mi primer marido monsieur Moissart.

— ¿Moissart?

—Sí, Moissart. —Se burló ella, imitando mi pronunciación francesa, que no era muy buena —. ¿Qué sabe usted sobre Moissart?

—¡Nada! No sé nada de él, pero yo tuve un antepasado que se apellidaba así...

—¿Y tiene algo que decir de ese apellido? ¡Es muy respetable! Como también lo es Voissart. ¡Sí, ése es otro apellido importante! Mi hija, mademoiselle Moissart, se casó con monsieur Voissart, y ambos apellidos son respetabilísimos.

—¿Moissart y Voissart? —interrogué, atónito—. ¿Qué está diciendo?

— ¡Estoy diciendo Moissart y Voissart, y además quiero decir Croissart y Froissart. La hija de mi hija, mademoiselle Voissart, se casó con monsieur Croissart, y luego la nieta de mi hija, mademosille Croissart, se casó con monsieur Froissart. Y supongo que no objetará usted que éste es igualmente un apellido distinguido.

—¡Froissart! —musité, sintiendo que comenzaba a desmayarme—. ¿En verdad usted ha dicho Moissart, Voissart, Croissart, y Froissart?

—Exactamente —asintió, tendiéndose en el sofá—. Moissart y Voissart, Croissart y Froissart. Desgraciadamente, Froissart era lo que se llama un estúpido, un auténtico estúpido que abandonó la "belle France" para venir a esta insulsa América. Aquí, según he oído decir, tuvo un hijo tan estúpido como él, llamado Napoleón Bonaparte Froissart, pero usted reconocerá que este nombre es también muy honorable.

Ya sea por su extensión o por su naturaleza, este pequeño discurso produjo una gran pasión en la señora Simpson, y cuando terminó de hablar, saltó de su sillón como una persona embrujada, esparciendo por el suelo una enorme cantidad de rellenos que se desprendieron de sus ropas. Ya en pie, mostró sus desnudas encías, y concluyó la función quitándose el sombrero y con él una valiosa peluca de rizos negros, y, allí mismo, sobre postizos y rellenos, en una especie de arrebato de cólera, bailó un fandango.

Yo me había hundido en el sillón que ella acababa de abandonar, repitiendo alelado:

—Moissart y Voissart, Croissart y Moissart...

De pronto, no pude contener un grito:

—Napoleón Bonaparte Froissart! ¡Ése soy yo! ¡Escúcheme bien, vieja serpiente, ése soy yo! ¿Lo oye? ¡Yo soy Napoleón Bonaparte Froissart! ¡Y que el infierno me condene eternamente! ¡Acabo de casarme con mi tatarabuela!

Madame Eugenia Lalande, quasi Simpson antes Moissart, era ni más ni menos que mi tatarabuela. Había sido muy hermosa, y aún a los ochenta y dos años, conservaba la talla majestuosa, el escultórico perfil, y los bellos ojos de su juventud. Con estas cualidades, el blanco de perla, el cabello y los dientes postizos, y con la ayuda de las más hábiles modistas de París, se las había arreglado para cumplir un digno papel entre las bellezas algo pasadas de moda de la metrópoli francesa. En este aspecto, podía considerársela como el doble de la famosa Ninon de L'Enclos.

Era inmensamente rica, y al quedar viuda por segunda vez, y sin hijos, se acordó de mi existencia en América. Con el propósito de hacerme su heredero, decidió visitar los Estados Unidos, en compañía de una sobrina lejana de su segundo marido, incomparablemente bella, la admirable madame Stephanie Lalande.

En el teatro, mi presencia llamó fuertemente la atención a mi tatarabuela, y después de examinarme con los anteojos, quedó impresionada al notar que guardábamos cierto parecido de familia.

Interesada por esta razón, y sabiendo que el heredero al que buscaba vivía en la ciudad, procuró informarse acerca de mí. El caballero que la acompañaba me conocía de vista, y le dijo quién era yo. Dicha información la indujo a repetir su examen con los anteojos; aquel examen que me enardeció y me llevó a comportarme de la manera ya referida. Entonces fue cuando ella me devolvió el saludo, pensando que, por alguna circunstancia imprevisible, yo había descubierto su identidad.

Cuando, engañado por la debilidad de mi vista y los encantos de la singular dama, pregunté a Talbot quien era ella, mi amigo imaginó que me refería a la belleza más joven, o sea a Stephanie Lalande, y por eso me informó que se trataba de la famosa viuda madame Lalande.

Al día siguiente, mi tatarabuela se encontró con Talbot, antiguo conocido suyo en París, y la conversación se refirió a mi persona. En esa ocasión quedaron explicados los defectos de mi vista, que ya eran muy comentados, aunque yo siempre tratara de ocultarlos, y la buena anciana comprendió, con pena, que estaba engañada al suponer que yo acababa de descubrir nuestros lazos familiares. Lo único que había hecho era la tontería de cortejar abiertamente, y en un teatro, a una anciana desconocida. Entonces quiso castigarme por aquella imprudencia, y tramó todo el plan con Talbot.

En cuanto a mis investigaciones callejeras acerca de la hermosa viuda Lalande, supusieron que me refería a la joven, más claramente, a Stephanie Lalande. De este modo se explica la conversación con aquellos tres amigos, y su alusión a Ninon de L'Enclos.

En la velada musical, mi necia obstinación en no usar lentes fue lo que me impidió descubrir su edad. Cuando madame Lalande fue invitada a cantar, se trataba de Stephanie, la joven, y mi tatarabuela, para completar el engaño, se levantó simultáneamente para acompañarla hasta el piano. En consecuencia, la voz que tanto admiré era la de madame Stephanie Lalande. No será necesario añadir que los cristales de los anteojos que usaba la anciana dama, ella misma los había cambiado por otros que se adaptaban mejor a mis años, y que se ajustaron perfectamente a mi vista.

El sacerdote, que no había hecho sino fingir aquel fatal enlace, era un amigo de Talbot y no un auténtico clérigo. Un hombre muy astuto, que después de quitarse la sotana para vestir de librea, condujo el coche de alquiler que transportó a la "feliz pareja" fuera de la ciudad. Talbot tomó asiento junto a él. Los dos pillastres estaban de acuerdo, y por una ventana entreabierta de aquella salita en la hostería se divirtieron con el "desenlace del drama". Pienso que me veré obligado a desafiarlos a los dos.

A pesar de todo, no soy el marido de mi tatarabuela, y pensarlo me proporciona un infinito desahogo. Pero soy el marido de madame Lalande. Sí, de madame Stephanie Lalande, con la cual, la anciana Eugenia, al mismo tiempo que me ha declarado su único heredero, se ha tomado la molestia de emparejarme.

En conclusión, se terminaron para mí las cartas de amor, y jamás volverá alguien a verme sin mis anteojos.


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